
Un día como hoy hace 20 años, conocí al hombre que se convirtió en mi esposo y mi mejor amigo. No fue planificado, no era mi vecino, ni mi compañero de trabajo o escuela y si esa noche no hubiese existido; quizás otra sería la historia.
El lugar no fue en el que ahora hubiese querido encontrármelo. Pero siempre lo recordaremos con mucha emoción. Ni él ni yo estábamos sirviendo al Señor en ese tiempo, sin embargo, Dios es tan maravilloso que utilizó aquella salida de ambos, con propósito. Dicen que no hay pareja destinada para nadie y que Dios no te cruza con príncipes azules, pero en nuestra historia, Dios fue totalmente intencional cruzandonos en el camino del otro.
Te preguntarás qué porqué lo sé. Pues te cuento que aunque nuestro inicio fue bien tormentoso porque yo no me encontraba bien emocionalmente, había salido de una relación tóxica y en mis planes no estaba tener un nuevo novio; la manera en que mi trigueño deslumbrante me cautivó iba más allá de cualquier cosa física y hasta emocional. Él fue diferente. Se dedicó a conocerme, escucharme, a tener cuidado de mi, a ser mi mejor amigo y aunque no lo creas; queriéndolo pero sin ninguna presión de ser algo más; ahí siempre estaba para mi.
También lo sé porque luego que nos casamos rápido nos fuimos a visitar la iglesia del pastor que nos casó y esa noche fue la noche más reveladora de toda mi vida. Dios se encargó de confirmar el porqué y para qué permitió que èl y yo nos conocieramos. Porque nos necesitábamos mutuamente. Porque había propósitos juntos. Muchos se han cumplido y otros faltan pero no tengo ninguna duda de que Dios tuvo la intención y nosotros aceptamos. Aquella noche se comenzaron a romper cadenas, a caer vendas de nuestros ojos y comenzar a creerle a Dios. Y entonces comenzaba el camino a mi sanidad junto con el hombre que Dios se plació en entregarme rota para que con su forma de ser, le ayudara a repararme.
No estoy escribiendo esto para alardear de mi relación, al contrario, es para recordar cómo Dios nos conectó y decirte que no hay noviazgo ni matrimonio perfecto. Nosotros estamos bien lejos de la perfección. 6 años de noviazgo y casi 14 de casados no bastan para continuar aprendiendo y desaprendiendo.
Esta vida terrenal es efímera, yo no sé a cuál de los dos nos toca partir primero ni tampoco cuándo. Mi anhelo es vivir. Es que ese voto de: “hasta que la muerte nos separe”, cuente. Los cristianos confiamos y deseamos que una vez que la vida terrenal termine nos podamos encontrar en el reino de los cielos en vida eterna.
Mientras tanto, por supuesto que quiero llegar hasta viejita con mi viejito; pero no puedo estancarme pensando en el futuro; si no vivir el hoy, trabajar para nuestro matrimonio actual.
Soltera que me lees, esto no quiere decir que te pasará lo mismo que a mí, pero te exhorto a que si anhelas en algún momento tener un hombre a tu lado y casarte, en este momento de tu vida, encárgate de ti misma. Ten intimidad con Dios, permítele entrar en ti, sanar si hay que sanar, restaurar si hay que restaurar. Vive y disfruta pero sobretodo ora, ora por ese esposo que está por llegar.
Amiga casada, hoy quiero recordarte aquel día en que tu esposo y tú se conocieron; y que pienses por un momento en su propósito juntos. Quizás lo sabes, quizás no. Invitalo a hablar de ese día, de ustedes y de porqué o para qué siguen juntos. Resuelvan sus conflictos si tienen alguno y no se rindan al matrimonio. Únanse y planifiquen. Vivan porque mañana no sabemos lo que sucederá.
Seamos intencionales en cada una de las cosas que hacemos. Y sobre todas las cosas permite que la intención de Dios de estar en tu vida se haga real.
Hace 20 años, Dios fue intencional presentándome a mi futuro esposo y hoy deseo que su intención siga siendo de bien para mi vida. Lo deseo para mi y lo deseo para ti, porque Dios es fiel y “sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados” Romanos 8:28.
¡Bendiciones!

